lunes, 12 de diciembre de 2016

LA CORDURA DE LOS LOCOS


 








Acababa de llegar al fondo, allí solo encontré desolación y extrañas criaturas, pisé fuerte para coger impulso y me dirigí a la superficie, más sabio y más fortalecido por todo aquello que vi, disfrutando de mi huida sin prisa pero exhausto, y entonces atisbé la luz del sol que me anunciaba la presencia de aire fresco. Ya en tierra firme comprendí porque me había sumergido.

Porque el mundo está cambiando muy deprisa. El clima, la geopolítica, la tecnología, etc. Pero yo no pude cambiar tan rápido como el mundo y además tampoco quise hacerlo.

Luego no sé porque pensé:
¡Qué casualidad!, ¡Qué fácil nos ponen la comunicación a distancia! Por el WhatsApp, internet o el móvil, que estamos en contacto sin mirarnos a los ojos y lo que hablamos queda registrado para siempre. La consecuencia: "seres deshumanizados", vigilados como en un zoo, con mentes cada vez más influidas por la era digital, persiguiendo fines personales y divididos prácticamente en unidades, víctimas de un individualismo anti natura que nos aboca irremediablemente a la extinción.





Y al final me acordé de la pregunta que le hice a un amigo herido por la lucha, pero viejo y sabio a la vez:

-¿Por qué los que destruyen el mundo con su avaricia no tienen miedo a desaparecer también? ¿Al final no pierden todos, incluso los más ricos?

- Porque ellos piensan en una huida hacia delante, hacia otros planetas, me contestó.

Sin duda la edad ha hecho mella en él (me dije a mi mismo mientras le miraba con incredulidad). Más adelante descubrí que aquel hombre estaba más cuerdo de lo que yo estaré jamás.

Hoy al menos tengo una duda razonable de que ésto sea así, porque sé que “el poder” tiene la firme decisión de colonizar Marte en apenas unas décadas. 


¡Qué locura!



miércoles, 16 de noviembre de 2016

HACIA LA CONCIENCIA COLECTIVA



De Heikenwaelder Hugo, Austria, Email : heikenwaelder@aon.at, www.heikenwaelder.at - La version en noir & blanc connue est dans Camille Flammarion (1842-1925).- L'atmosphère : météorologie populaire, Hachette, Paris, 1888, p. 163, CC BY-SA 2.5, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=680837



El individualismo consiste la pretensión de obtener beneficios personales por encima de los fines colectivos y es un impedimento a la hora de construir  un bien común.  Este individualismo es muy útil a los mercados y a la maquinaria capitalista, por lo que desde la infancia más tierna se nos enseña a competir más allá de lo necesario al fundamentar  la enseñanza en una jerarquía intelectual de calificaciones individuales. De esta manera dentro de una escuela encontraremos niños que sobresalen por encima de otros dependiendo de sus resultados.

 No sería tan descabellada una enseñanza en la que al final de curso todos los alumnos alcanzaran un objetivo conjunto, donde nadie se quedara atrás, prescindiendo de baremos que discriminan a niños en desventaja económica, provenientes de familias desestructuradas, víctimas de maltrato o con menor capacidad intelectual, por ejemplo. Una enseñanza en la que primara la solidaridad sobre el triunfo personal y que aceptase la premisa de que un logro colectivo producto de la cooperación es  infinitamente más importante que el individual, ya que el beneficio alcanza a más individuos. Además de la educación, el sistema utiliza instrumentos más sutiles para dividirnos como el patriotismo, la religión o el deporte entre otros, y que a menudo desembocan en violencia ya que al sentirnos diferentes tendemos otra vez a la competencia, pero esta vez en grupo. 
Se podría decir que un pensamiento colectivo, un código de conducta impreso en nuestras mentes, cuyo fin fuese el bienestar común, sería algo que serviría de freno a ciertas conductas aberrantes como las guerras o la usura financiera. Habría pues que tener unos valores éticos y sociales únicos, pero consensuados por una totalidad abierta a aceptar una lógica basada en la solidaridad humana y en la idea de que solamente somos homo sapiens atrapados en una enorme roca a la deriva por el océano cósmico, cuya supervivencia depende de la sincronía de nuestras mentes.









A continuación se enumeran cuatro conductas individuales que pueden propiciar la aparición de una conciencia colectiva global:





                                        LA EMPATÍA

 


La capacidad de empatizar (neuronas espejo) depende de nuestra estructura cerebral, o lo que es lo mismo, de nuestra herencia genética, de hecho quienes carecen de ella son aquellos a los que la ciencia médica denomina como “psicópatas” que suelen sufrir algún tipo de daño en la corteza insular anterior. No solo son los genes quienes determinan nuestra capacidad empática sino que otros factores como por ejemplo el bombardeo constante de los medios con imágenes de masacres, enfermedades o violencia cada vez más cruentas y terribles contribuyen directamente a la desensibilización sistemática del individuo ante la injusticia y el dolor ajeno. Este proceso de desensibilización sistemática es utilizado en psicoterapia para superar fobias, es decir vencer al miedo enfrentándose a él.  También la excesiva dotación de medios de comunicación, (teléfonos, redes sociales, mensajería instantánea, etc.) dificultan enormemente la empatía al privarnos de la verdadera comunicación humana que también aporta valiosa información a través del lenguaje no verbal.

Debemos invertir este déficit de empatía colectivo impuesto por el orden económico a través del esfuerzo individual de ponernos en la piel de los demás, ya que esto no solo nos aportará una ventaja como individuos, sino que nos hace más fuertes como colectivo.

 



                                           LA SOLIDARIDAD

 

Una consecuencia directa de la empatía es  la solidaridad. Una masa solidaria es más difícil de manipular que una multitud cuyos componentes compiten entre sí.

Como dice el refrán, la unión hace la fuerza y esta unión se materializa compartiendo recursos, repartiendo lo que nos sobra y ayudando al prójimo de nuestro entorno cuando lo precise, dando preferencia al bienestar de nuestro vecino por encima de un consumismo personal y vacío, invirtiendo nuestro tiempo y dinero en conocimiento, cultura y en definitiva en crecer como seres humanos en vez de usarlo para obtener una apariencia de status social privilegiado.

 En algunos núcleos de población pequeños, sus habitantes logran establecer una especie de código de conducta no escrito basado en el sentido común y que consiste en intercambiar excedentes (a veces a cambio de nada), respetar la naturaleza, ayudar desinteresadamente al otro en sus tareas, etc. Las nuevas generaciones que van llegando observan y aprenden estos comportamientos y comprenden lo positivo de la cooperación humana. En estos lugares el robo, la agresión, el egoísmo o el excesivo individualismo conduce irremediablemente a una especie de exclusión social dentro de la comunidad. Hacer esto no  es una utopía porque ya se hace.

Sin embargo en las ciudades se rinde culto al individuo, a la competencia y al consumismo compulsivo impuesto por el capital. La publicidad inunda nuestras vidas forzándonos a ansiar cosas que no necesitamos pero que a pesar de todo y de una manera totalmente irracional, llegamos a desear. Cuando más objetos innecesarios deseamos, más lejos estaremos los unos de los otros y de ser objetivos a la hora de interpretar la verdadera realidad. Esto último no es más que la vieja estrategia de “divide y vencerás” aplicada al capitalismo.



                                   INTERCAMBIO DE IDEAS

 

Es nuestra capacidad de comunicarnos lo que nos ha permitido construir civilizaciones. Transmitir el conocimiento y las ideas son algo imprescindible a la hora de compartir conciencia.

 Sin este intercambio no seriamos capaces de distinguir "la verdad" y sin diferentes puntos de vista no podríamos aprender unos de otros, ni asumir o desechar las creencias de los demás. Este contraste de opiniones abre nuestras mentes a las diferentes posibilidades que nos ofrece la existencia y nos hace partícipes del pensamiento ajeno, creando así una predisposición a compartir conciencia con quienes poseen la misma escala de valores que nosotros.

Pero para alcanzar un consenso global es necesario comenzar por cuestiones de sentido común, tales como: salvaguardar la vida por encima de todo, proteger el acceso universal al agua, los alimentos, la medicina o el conocimiento, por ejemplo, y priorizar estos objetivos ante cuestiones menos urgentes o superficiales. Desgraciadamente en el mundo actual  la vida de las personas vale menos que el dinero.
   


                                        DIFUSION




Antes de la imprenta, el conocimiento era atesorado por muy pocas personas, puesto que la Iglesia y las monarquías necesitaban un pueblo ignorante para mantener su posición, pero hoy en día gracias a que el capitalismo vio en internet  otra oportunidad de negocio, una buena parte de la población mundial tiene todo el conocimiento humano al alcance de un solo clic y la posibilidad de hacer llegar nuestras ideas a un número de personas mucho mayor que con el invento de Gutenberg.

 El conocimiento es incompatible con los prejuicios, por ello debemos sacar de su error a quienes se sienten especiales, distintos, a quienes no comprenden que cualquier don, habilidad o ventaja  biológica solo es producto de una lotería genética y no de nuestros logros, que haber nacido en un determinado país no nos hace mejores ni diferentes, ni representa ningún mérito personal, que el racismo y la xenofobia se vuelven siempre en contra de quien los siente.




Para cambiar el mundo hay que cambiar a nivel individual, desaprender las enseñanzas superficiales impuestas por sociedades enfermas que componen un sistema autodestructivo, cambiar como individuos para formar parte de algo mucho más grande y poderoso, hacer que nuestro instinto de supervivencia abarque también a nuestros semejantes y desterrar el individualismo de nuestros corazones para acercarnos a la verdadera libertad, que no es otra que nuestra propia paz interior.